Martes 21 de Noviembre de 2017
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Editoriales
Publicado: 02-10-2017

Un gobierno envalentonado

Mauricio Macri declaró a la agencia Bloomberg que está abierto a la posibilidad de un segundo mandato, cuando todavía no llegó ni a la mitad del actual.
EDITORIALES.- Como corresponde al rigor del lugar común, inmediatamente aclaró en la misma nota que todavía no es tiempo para pensar en esa idea.

El orden de los factores altera el producto. “Sí, pero” no es lo mismo que “de eso no hablo aunque la posibilidad esté abierta, porque falta mucho y acá lo importante es seguir trabajando por la felicidad de los argentinos”, para decirlo con la estatura fraseológica del Presidente. Lo central es que Macri dispuesto a mencionar su reelección en afirmaciones públicas simboliza el enorme optimismo del Gobierno frente al 22 de octubre, avalado, incluso, por las encuestas de consultoras que no pertenecen al riñón de Cambiemos. La última de Ricardo Rouvier da adelante a Esteban Bullrich por alrededor de 6 puntos. Hay también cierto “realismo” generalizado en la fuerza que representa la única oposición real. Nada que no pudiera preverse al cabo de las PASO, cuando se estimaba un resultado bastante más cómodo a favor de Cristina en la decisiva geografía bonaerense. El escrutinio final, admitido por el total de los intervinientes, ratificó que el fraude del Gobierno fue de marketing informativo en la noche de las primarias. Nada menos y nada más. Corroborado eso, no hacía falta craneoteca alguna para deducir que una porción electoralmente fundamental de los votos a Massa/Stolbizer irán al candidato macrista, quien sigue en estado de invisibilidad del mismo modo en que la doctora Carrió ni se gasta en hacer campaña porteña. La palabra final será de las urnas, desde ya, y hasta podría preguntarse si acaso al Gobierno le conviene mostrarse tan confiado, porque no sería la primera vez en que se revela irresponsable vender la piel del oso antes de cazarlo. Pero vaticinar con toda seguridad el triunfo es tan imprudente como no prestar atención a que los signos de envalentonamiento oficialista tienen su razón de ser, y no sólo por la cantidad y calidad de datos en construcción y percepción de la realidad sino, y sobre todo, por una arquitectura distrital que en verdad ya regía antes de las PASO. La oposición a Cambiemos tenía el único anclaje de un reforzamiento de CFK, capaz de garantizar con ella al peso del conurbano, a los intendentes sin más ideología ni compromiso que lo dictado por los vientos circunstanciales y a la necesidad de un liderazgo efectivo. En el resto del país y, salvo por el notable esfuerzo de Agustín Rossi en Santa Fe que redundó en un casi sorpresivo primer puesto, hoy también amenazado por el pegamento en su contra, las variantes opositoras ya lo eran apenas para la galería. Esto es: reproducciones de la provincia de Buenos Aires con Massa fraguando cierta identidad peronista, pero ante todo un rechazo profundo al kirchnerismo, y su compañera gorila-friendly con un ropaje progresista vendido como la chance de controlar al portador sano. Siempre con sus aplicaciones locales, claro está, y con cualquier excepción que confirme la regla.

Después sí, vienen los caracteres coyunturales que articulan con el optimismo oficial. A la cabeza, el ventilado de una recuperación económica imposible de compararse contra lo mejor que se estaba aun en los peores momentos del gobierno anterior; pero suficiente, parece ser, para el imaginario de que el país está mejorando. Se anuncia una baja de la pobreza gracias a números que el Indec macrista ya había manipulado tergiversando el mecanismo de medición, que nunca contempló la cifra de pobres explotada en 2001 y sustancialmente corregida para mejor desde 2003. Fue el Observatorio de la Deuda Social Argentina, que es de la Universidad Católica y no de la Resistencia Ancestral Mapuche, el que advirtió que quienes salieron de la pobreza son los que cayeron en ella el año pasado. Al igual que ése, cualquier dato de alivio que se tome –crecimiento de la industria, de la construcción, del consumo, del empleo, de la ocupación, todo aquello con que la prensa gubernamental se regodea en estos días– lo es contra el desastre que en 2016 produjeron las políticas del modelo avalado en las elecciones  de 2015 y por avalar dentro de tres semanas. La cortedad de la memoria popular significaría que no afecta lo innegable de un Pata Medina cuyo patoterismo delincuencial es cómplice de empresas constructoras, porque solamente interesa asimilarlo a una imagen K y “la gente” compra. El apriete contra el mundo sindical es por la lucha de Heidi contra las mafias ancestrales del peronismo y no para disciplinar a la cierta resistencia que quede allí, ni para ahorcar a los pocas voces opositoras que quedan en los poquísimos medios adversos al oficialismo. La toma de los secundarios porteños contra la reforma educativa es obra de unos salvajes, y el nodo político de la cuestión pasa a ser exclusivamente el horrible episodio sufrido por una piba del Nacional Buenos Aires. La liberalización del precio de los combustibles producirá impacto pero recién después de las elecciones, como las tarifas de luz y gas, y mientras tanto por fin continúa libertándose el mercado porque los ricos no necesitan robar. La bomba del endeudamiento externo será para ver más adelante, cuando no importe que vaya a ser tarde para haber chocado por enésima oportunidad contra la misma piedra.

Tan cebado es el optimismo macrista para después de estas elecciones que el Gobierno deja correr lo que ya tiene previsto pero situándose a su “izquierda”, advirtiendo que la conducción política es suya porque, contrariamente a lo que se suponía, sabría manejar los tempos populares. Carlos Vegh, economista jefe del Banco Mundial para América Latina y el Caribe, sostuvo que Argentina –visto el respaldo o conformismo masivos– está a punto caramelo para acelerar el ajuste imprescindible, porque la situación fiscal “es precaria”. Lo aplaudió, la semana pasada, un coro de economistas del establishment. Se agruparon en conferencia de gurkas del libre mercado, organizada por una de las fundaciones que tanto expresan ese pensamiento como lo elemental de no comer vidrio respecto de a dónde iremos a parar con semejante nivel de gobernar con deuda. Sólo con deuda. El Gobierno retruca, entonces, que su sensibilidad social conlleva administrar con “gradualismo”. Comunicacionalmente es maravilloso: a quienes nos corren por derecha les avisamos que más a la derecha que esto sería potencialmente explosivo, pero insistan con eso porque nos sirve para mostrarnos resistentes frente al círculo rojo del poder tal como parece que Vidal libra batalla solitaria contra las mafias. Chapeau.

La campaña de Cambiemos consiste en una no-campaña, si es por lo presencial de sus candidatos, salvo lo “obligatorio” de los spots y de esos armados increíbles de timbreos espontáneos, subidas de Macri a ómnibus en el mismo lugar y con los mismos pasajeros del año pasado y demás recursos, que confirman cómo el absurdo puede aceptarse así como así mientras al clima predominante no le interese justamente eso: el ridículo objetivo. Formalmente, el Gobierno descansa en el usufructo de la imagen negativa de Cristina y casi nada más. Del resto se encargan sus medios. Por caso, lograron instalar a Medina en lugar de Maldonado aprovechando un ánimo colectivo en el que, ya se sabe, opera más mirar que ver. Ese aspecto es trascendental porque una cosa es la hegemonía y otra la omnipotencia. Ningún medio puede colocar certezas o sensaciones si no es sobre la base de un público receptivo. Enojarse solamente con las corporaciones mediáticas es esquivar raigambres más profundas de las inclinaciones populares. Las entrevistas que ahora concede Cristina, por ejemplo, son objeto de una cirugía despiadada. Absolutamente todo lo que diga será usado para destruirla, aunque se trate de que le gusta el puré de calabaza. Pero ni de cerca esa perversión es solamente obra de la prensa tradicional, trolls o enfermos mentales que activan en las redes. Requiere de un humor propicio, amplio, determinante, que en su momento no se supo desactivar y al que contribuyeron errores propios requirentes de análisis, de repaso; de una autocrítica que, es cierto, no debe hacerse tal como ansían las fauces de la derecha. Esa gente, ya se dijo, quiere sangre de destrucción, de autoaniquilamiento de los otros; no entrevistas ni conceptos de fondo. Y ese paisaje tiene, también se reitera, estímulo o aceptación socialmente gruesos. En síntesis, una etapa que es o parece de retroceso, qué duda cabe. Semeja que aguarda un largo desierto.

Con Menem parecía lo mismo.
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